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Beatriz Navarro: la abogada que representó a la inquilina que sus padres querían desalojar

Beatriz Navarro Montalvo tenía 31 años aquella mañana de junio de 2024 cuando entró a Ciudad Judicial Siglo XXI con un traje gris oscuro, el cabello recogido y un portafolio lleno de fotografías, dictámenes, notas médicas y once solicitudes de reparación que la empresa de sus padres había ignorado. A pocos metros caminaba su madre, vestida con una blusa color crema y los aretes de perlas que reservaba para los días en que necesitaba parecer intachable. Al lado iba su padre, con un traje azul marino y una expresión segura. Antes de que la jueza pronunciara su nombre, su madre le habló en voz baja: «No te metas. Deja que los abogados de verdad se encarguen.» Ni siquiera apartó la mirada de los documentos que llevaba su propio abogado. Menos de dos minutos después, sus padres descubrirían que Beatriz iba a representar a la mujer a la que intentaban desalojar.

Una infancia bajo la disciplina de las apariencias

Beatriz creció en una casa grande de Lomas de Angelópolis, en la zona metropolitana de Puebla. Tenía cuatro habitaciones, un jardín bien cuidado y una sala que casi nunca podían usar porque su madre decía que era para las visitas. Su padre, Manuel Navarro, era dueño de Administradora Torres. Había comenzado con un edificio pequeño y llegó a manejar seis inmuebles y 42 departamentos en Puebla y San Andrés Cholula. Cada vez que alguien cuestionaba una decisión suya, recordaba que lo había construido todo desde cero.

Su madre, Diana Montalvo, organizaba comidas, participaba en comités vecinales y cuidaba la imagen familiar con una disciplina agotadora. Para ella no bastaba con hacer las cosas bien: había que parecer perfectos frente a los demás. Beatriz era la hija mayor. Su hermano Tomás, dos años menor, era sociable, practicaba deportes y sabía decir lo que sus padres querían escuchar. Desde niños quedó claro que él era el que iba a llegar lejos. Ella era la complicada: preguntaba demasiado, discutía las reglas que le parecían injustas y defendía a cualquiera que estuviera sufriendo un abuso. Su madre decía que siempre quería tener la razón; su padre, que necesitaba aprender a obedecer.

La expulsión a los 19 años

La discusión que terminó con su expulsión ocurrió un sábado de octubre de 2012. Beatriz estudiaba una carrera técnica que su padre consideraba práctica, trabajaba en un centro de copiado y se preparaba para presentar el examen de admisión a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Aquella tarde les dijo que quería estudiar derecho. Su padre soltó una risa breve y le respondió que no iba a pagar un capricho que abandonaría cuando descubriera que no era tan lista como creía. Beatriz explicó que solo quería seguir viviendo en casa mientras estudiaba y trabajaba. Su madre la miró con frialdad: «Desde que naciste ha sido difícil. Ya estamos cansados de tu soberbia.» Tomás, al extremo de la mesa, no levantó la vista de su teléfono.

A la noche siguiente encontró su ropa metida en dos bolsas negras junto a la entrada. Su madre estaba frente a la puerta con 500 pesos en la mano. «Esto te alcanza para moverte y comprar algo de comer», le dijo. «Tal vez así aprendas a valorar lo que tenías.» Beatriz tomó las bolsas, guardó los billetes en el bolsillo y caminó hasta la avenida principal. Mientras avanzaba, entendió que nadie iba a volver por ella.

Estudiar derecho contra todo pronóstico

Su amiga Carla Méndez, de 20 años, le permitió quedarse en el departamento que compartía con otra muchacha. Durante seis semanas Beatriz durmió en un sillón angosto con sus bolsas acomodadas debajo de una mesa. Carla dividía la comida en tres partes y repetía: «Aquí todos aportamos como podemos.»

Beatriz presentó el examen de admisión y entró a la licenciatura en derecho de la BUAP en 2013. Consiguió una beca de manutención, aumentó sus horas de trabajo y rentó un cuarto pequeño encima de una lavandería, cerca de Shonaka. Las máquinas funcionaban hasta casi medianoche y el piso vibraba con cada centrifugado. Ahí estudió derecho romano, contratos, obligaciones, procedimientos civiles y amparo, con una lámpara usada de 50 pesos comprada en un tianguis y tapones en los oídos. Hubo semanas en que comió lo mismo durante cuatro días y llegó a clase después de dormir tres horas. Terminó materias con promedio de 9.4 e hizo su servicio social en una organización que daba asesoría a personas de bajos recursos.

El despacho y la maestra que marcó su método

Trabajando como pasante conoció a la licenciada Gabriela Villaseñor, socia de Cordero y Salas, un despacho pequeño en la zona de La Paz. Gabriela llevaba más de 15 años litigando asuntos civiles y de vivienda. No era afectuosa, pero era justa y extraordinariamente precisa. La primera vez que revisó un escrito de Beatriz lo devolvió lleno de observaciones: «Tu argumento es correcto, pero un argumento correcto mal presentado también puede perder un caso.» Con ella aprendió a revisar fechas, anexos, firmas y notificaciones, y a entender que una prueba mal ofrecida puede dejar de servir aunque demuestre la verdad.

Obtuvo su título y su cédula profesional en 2022. No llamó a sus padres; para entonces ya había dejado de esperar que reconocieran algo. Ese mismo año participó en un asunto contra una inmobiliaria que se negaba a reparar una instalación eléctrica peligrosa en la vivienda de una familia con dos niños pequeños. La empresa tuvo que reparar el inmueble y cubrir los gastos causados.

El caso de Clara Ochoa

Menos de dos años después, Clara Ochoa llegó al despacho una tarde de miércoles. Tenía 34 años, trabajaba en el área de facturación de una clínica y se sentó frente a Beatriz con una carpeta ordenada por fechas. Rentaba un departamento de dos habitaciones en San Manuel, dentro de Puebla capital, donde vivía desde hacía dos años y medio con su hija Maya, de 7 años. El inmueble pertenecía a la empresa de los padres de Beatriz, la misma que durante años había presionado a inquilinos hasta que aceptaban convenios desfavorables. Frente a un abogado experimentado y al dinero para desgastar a quien se enfrentara, Clara y Beatriz solo tenían una cosa: los documentos. Y con ellos, Beatriz estaba lista para entrar a la sala donde su madre le había pedido, en voz baja, que dejara actuar a los abogados de verdad.

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